LUGARES DONDE LEÍ

                                            Lugares  donde leí

por    Arturo Pérez Reverte

Ordeno mi biblioteca. Y abriendo libros al azar encuentro huellas olvidadas, recuerdos de momentos y lugares donde fueron leídos por última vez. Escribí alguna vez que atribuyo a los libros un carácter particular; una vida propia que espero sobreviva a la mía y continúe en otras manos, enriqueciendo y consolando a quienes los posean en el futuro. Si no ocurre así, y mi biblioteca, como tantas otras cosas que he visto desaparecer, está condenada a las ratas, el agua, el fuego y la destrucción, tampoco pasa nada: nadie podrá arrebatarme lo ya leído. En cualquier caso, debido a mi certeza de que toda posesión es temporal, y también por la melancolía que me suscita encontrar en libros que llegan a mis manos huellas de vidas anteriores, procuro que los míos estén desprovistos de detalles que puedan identificarme en el futuro. No quiero que nadie compadezca los restos de mi naufragio en un tenderete de rastro o en una librería de viejo. Así que, en cada revisión para ordenarlos o limpiarlos, aprovecho para borrar la huella que a veces, por descuido, dejé en ellos.

Esta vez también ocurre: tarjetas de embarque de líneas aéreas, postales con notas al dorso, acreditaciones de prensa. Casi todo fue utilizado a modo de señal de lectura: medio teletipo con una crónica de 1976 sobre el Líbano -Beirut, de nuestro enviado especial A.P.-R.-, un recibo de taxi de Buenos Aires con fecha de 1982, una factura de restaurante de Damasco… De la mayor parte olvidé su oportunidad y sentido. Otros me permiten recordar muy bien el momento en que los puse ahí: la lectura de ese libro, el lugar, las circunstancias. También encuentro otra clase de huellas: marcas antiguas deliberadas o involuntarias, subrayados, notas que a veces nada tienen que ver con la materia del libro -esas hojas blancas de respeto al principio y al final, tan útiles cuando no había papel a mano-, huellas de suciedad, quemaduras o ceniza de cigarrillos, manchas de lluvia o agua salada, café, aceite de latas de sardinas, tierra rojiza de África, mosquitos aplastados, restos de arena de una playa o un desierto. Incluso posibles dramas olvidados. Hasta en la página de título de uno de ellos –Memorias de La Rochefoucauld-, impresa con deliberada nitidez, hay una huella dactilar de color pardo, que supongo será mía. Una huella de sangre de la que nada recuerdo; ni siquiera si es propia o ajena.

Y es que un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, los lugares donde lo leíste, el consuelo que te dio en cada momento, la diversión, la compañía. Hojeándolos mientras ordeno los estantes, compruebo que muchos de esos lugares y momentos los olvidé; pero otros siguen claros en mi cabeza: salpicaduras de agua de mar en varios volúmenes de la serie náutica de Patrick OBrian, incluida una que emborrona levemente la tinta de la dedicatoria autógrafa del autor; el tomo II de las obras completas de Thomas Mann, que durante veintiún años viajó en mi mochila y fue leído tanto junto a mesillas de noche de hoteles de lujo como a la luz de una vela o una linterna en lugares olvidados de la mano de Dios; las Vidas paralelas de Plutarco en un solo volumen que conserva entre sus páginas tierra y suciedad de hace treinta y cinco años, en Eritrea; la edición compacta y viajera de Moby Dick, de la que una vez alcé los ojos para ver, resoplando muy cerca, ballenas azules al sur del cabo de Hornos; El amante sin domicilio fijo, que leí sentado en la punta de la Aduana de Venecia, cuando allí aún no iba nadie, antes de que fastidiaran el lugar con la estúpida escultura del niño y la rana; la Eneida que cada noche me consolaba, a modo de analgésico, en una habitación sin cristales del hotel Holiday Inn de Sarajevo; el Quijote anotado a lápiz que me acompañó cuando recorría La Mancha por pueblos y ventas, pisando la huella de sus personajes; el Lord Jim que fue mi única compañía durante un ataque de malaria que estuvo a punto de despacharme al otro barrio, mientras temblaba tirado como un perro en un hotelucho infecto de Nairobi; el Stendhal de La Pleiade que estaba en mi mochila cuando entré con los guerrilleros en el búnker de Somoza, en Managua; la biografía de Hemingway y Scott Fitzgerald leída en el hotel Hornet Dorset Primavera de Puerto Rico, ante una playa sobre la que planeaban los pelícanos mientras las mujeres más hermosas del mundo se recortaban saliendo del agua en el contraluz rojizo del atardecer… Sitios amueblados por la biblioteca que ahora me rodea; libros que, con sus marcas y cicatrices propias, tallaron las mías. Soy lo que viví, naturalmente. Pero también lo que leí, y dónde lo leí. Sin esa geografía de páginas vinculadas a lugares y recuerdos, nada de cuanto veo al mirar atrás tendría sentido.                        (XL  Semanal  10/02/2013)

Suelo leer los artículos de Arturo Pérez Reverte en el XL Semanal, y aunque reconozco que a veces su manera de decir me parece, descarada, bruta…confieso que es lo primero que busco en la revista.

En este caso tratándose de libros, con este titulo y este párrafo me ha parecido una buena idea ponerlo en el blog de la biblioteca.

“Sitios amueblados por la biblioteca que ahora me rodea; libros que, con sus marcas y cicatrices propias, tallaron las mías. Soy lo que viví, naturalmente. Pero también lo que leí, y dónde lo leí. Sin esa geografía de páginas vinculadas a lugares y recuerdos, nada de cuanto veo al mirar atrás tendría sentido.”

PORQUE ÉRAMOS JÓVENES

En 1957, David, la francesa Annick y  Julián el amigo de David, pasaron unos días de verano en Ibiza. David y Annick vivieron, el espejismo de un amor que forzosamente debía hacerse realidad en otro país. Desde Nueva York, donde se ha instalado para desarrollar su carrera como psicóloga, Annick escribe a David invitándole a reunirse con ella. Desde 1958 hasta 1974, Annick escribe a David y sus cartas encierran el recuerdo de Ibiza, infundiéndole una luz que terminará por apagarse. Pero David nunca se decidirá, fascinado por la riqueza y el triunfo social decide permanecer en Madrid, firmemente amarrado a su matrimonio con la, rica y distante Genoveva. Alcanza sus metas, a costa de un vacío interior.

“Éramos alegres porque éramos jóvenes”, dice Julián.

 Es a través de los encuentros y conversaciones de largos silencios, que mantienen  Julián y Genoveva una vez muerto David de forma inesperada, a través  de las cartas de Annick y de una serie de recuerdos que retroceden a la infancia y juventud de David, como llegamos a saber del protagonistas en capítulos que describen su atmósfera familiar, y que nos ayudan a indagar en momentos clave del pasado de David.

 

 

Josefina Aldecoa (La Robla, León,1926-Mazcuerras, Cantabria, 2011), durante sus años de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras, conoció una serie de personas que pasarían a formar parte de la llamada «Generación de los Cincuenta»: Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa, con quien se casó en 1952.

En 1969 murió su marido y durante diez años permaneció alejada de la literatura, hasta que en 1981 apareció su edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa. A partir de ese momento reanudó su actividad literaria y desde entonces ha publicado: Los niños de la guerra, La enredadera, Porque éramos jóvenes, El vergel , Historia de una maestra, Mujeres de negro, La fuerza del destino, El enigma, La Casa Gris, Confesiones de una abuela y los relatos A ninguna parte  y Fiebre, así

SAN BLAS Y LA MÁSCARA

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(Fotografias que aparecen en el artículo escrito por Elena Blásco Lázaro, publicado en la revista “La Magia de viajar por Aragón” número 62/ febrero-marzo 2011)

Los días 2 y 3 de febrero se celebran en Ateca la fiesta de las Candelas y la de San Blas patrón de la localidad. Pero en estas fiestas tambien aparece un personaje semigrotesco “La Máscara” como elemento profano de la fiesta.

Para saber mucho más sobre él en la biblioteca contamos con una serie de trabajos repletos de información que nos ayudarán a conocer algo más sobre esta fiesta declarada:  ” Fiesta  de Interés Turístico  ” el día 5 de septiembre de 1995.

 

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Trabajo sobre San Blas y la Máscara  realizado por Francisco Martínez García, y publicado por el Centro de Estudios Bilbilitanos en el año 1994.

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En la revista de temas atecanos  Ateca  nº5 encontramos dos artículos:

La Máscara  de Jesús Blasco Sánchez

San Blas de Francisco Martínez García

LOS PECES DE LA AMARGURA

Diez relatos forman este libro que trata el difícil tema del terrorismo. El problema social y político vivido en Euskadi y en España durante tantos años.

Cada uno de los relatos, nos muestra el dolor, el miedo, la angustia con la que viven a diario muchas personas.

Víctimas de atentados, madres de presos, hijos que no han conocido a su padre muerto en atentado, recuerdo para un compañero de juegos que luego fue de atentados, vecinos molestos que se espera que abandonen el edificio, el vecino que acaba suicidándose por no poder aguantar el hostigamiento hacia él y su familia acusado de chivato,  y todo por cruzar un saludo (para mí la más dura)

Sorprende como todo esto lo narra el autor de una forma sencilla, sin transmitir rencor o hacer apologías, “expone” una serie de historias todas ellas muy duras, que nos acercan más a lo que supone vivir en una sociedad en la que muchas veces, hay que esconder las opiniones o sentimientos para poder formar parte de ella.

Sin lugar a dudas es un libro muy recomendable.

“A mí me gusta el mestizaje, me gustan los hombres capaces de dudar y de disentir, si hace falta, de sí mismos. Me gustan los que admiten con gusto las diferencias  y sus propios  errores, los que no se pegan como lapas a un ideal, los escurridizos a las definiciones, los que no ponen bombas par quedarse a solas con sus ilusiones utópicas, los que no tratan de construirse un paraíso con sangre ajena”

       (Fragmento de la entrevista realizada a Fernando Aramburu y publicada en el “Diario Vasco”)

Fernando Aramburu nació en San Sebastián en 1959. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Zaragoza y desde 1985 reside en Alemania. Considerado ya como uno de los narradores más destacados de su generación. Cuenta en su haber con el Premio Ramón Gómez de la Serna 1997, el Premio Euskadi 2001, el XI Premio Mario Vargas Llosa NH, el Dulce Chacón y el Premio Real Academia Española en 2008. Ha escrito también libros para niños, como Vida de un piojo llamado Matías(2004). Con Años lentos mereció el VII Premio Tusquets Editores de Novela.

http://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_Aramburu